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Nos queda llorar

Nos queda llorar.
Pero lágrimas de rocío
al amanecer.
El pensamiento enredado
en los rizos del viento
mientras el olor del alba,
verde o azul
- según lo pinte el día -,
y el dulce calor de tu aliento dormido
penden ambos del susurro
del despertar de la vida.

Nos queda llorar.
Pero gotas de luz
en la noche.
Las palabras esturreadas
por el cielo,
acumuladas unas sobre otras
creando un frío fondo negro
mientras la brisa cristalina
conduce mi tacto
sobre las constelaciones
de tu afrutado cuerpo,
proyectando sus estrellas lejos,
tanto como las palabras,
que el brillo de tus ojos
ha hundido hasta lo profundo
de esta noche
en la que nos son innecesarias.

Nos queda llorar.
Pero néctar de sol
en el ocaso.
Disuelta la consciencia
de ser yo mismo
bajo el horizonte
- porque después del dos
no va el tres, va el Todo -
mientras el calor del disco,
jugo de existencias,
inunda de ti el otro lado
de la superficie.

Con nuestras miradas por copas
brindemos por este día.
No te extrañe que se derramen
unas gotas:
Me llenas de luz
hasta el borde mismo de mis pupilas.

Brindar nos quedaba.

.

V.M.G.M.

[A Vanessa]

Origami

Simplificando mucho,
podríamos considerar la vida
como un cuadrado de papel.
Blancura uniforme,
inmaculadamente plana,
que al nacer,
virgen y casi sin tacto,
las corrientes arrastran.
Con el paso del tiempo,
con mis propios pasos
y los de mi entorno,
voy topando con dobleces
que deshago buscando
su inicial forma,
pero sin encontrarla:
persisten los pliegues
como líneas rectas
hechas con agua.
Y, gota a gota,
el crecimiento y la rutina
tejen una red de plisados
que disimulo para creer
que la vida no tiene altibajos,
que es tan bella como un papel
puramente blanco,
perfectamente plano.
No obstante,
desde tu llegada
he dejado de dismularlos.
Te acercaste al papel,
lo cogiste entre tus dedos
y comenzaste a apretarlo
para que fuera tomando la forma
que tus manos y los pliegues
quisieran darle:
una mariposa en la que, juntos,
salir volando;
un unicornio para recordar
que no es imposible
todo aquello que soñamos;
bellas formas inimaginables
antes para mí,
que dar a un papel cuadrado.
Simplificando mucho,
si mi vida fuera un papel,
esta sería la belleza
que le habrías aportado.

Simplificando mucho,
podríamos considerar la vida
como un cuadrado de papel.
Blancura uniforme,
inmaculadamente plana,
que al nacer,
virgen y casi sin tacto,
las corrientes arrastran.
Con el paso del tiempo,
con mis propios pasos
y los de mi entorno,
voy topando con dobleces
que deshago buscando
su inicial forma,
pero sin encontrarla:
persisten los pliegues
como líneas rectas
hechas con agua.
Y, gota a gota,
el crecimiento y la rutina
tejen una red de plisados
que disimulo para creer
que la vida no tiene altibajos,
que es tan bella como un papel
puramente blanco,
perfectamente plano.
No obstante,
desde tu llegada
he dejado de dismularlos.
Te acercaste al papel,
lo cogiste entre tus dedos
y comenzaste a apretarlo
para que fuera tomando la forma
que tus manos y los pliegues
quisieran darle:
una mariposa en la que, juntos,
salir volando;
un unicornio para recordar
que no es imposible
todo aquello que soñamos;
bellas formas inimaginables
antes para mí,
que dar a un papel cuadrado.
Simplificando mucho,
si mi vida fuera un papel,
esta sería la belleza
que le habrías aportado.

.

V.M.G.M.

A ti, ninfálida [2K/m]

Mis manos

Mis manos.
Poros, huellas,
surcos y más surcos,
sin siembra que los justifique.
Tan toscas unas veces,
tan frustradas en su torpeza;
otras tan inocentes,
inmersas en sus jugueteos,
ajenas al mundo que las rodea.
Carne, piel, huesos,
utilidad, rigidez:
evidencias del físico
ser de su estado,
del estrecho margen
de medios en que viven.
Y, sin embargo,
mis manos:
calor, extensión, tacto.
La posibilidad de alcanzar
algo que parece tan lejano
como tu presencia, tú.
De estrechar en su sino,
entre ellas, las tuyas,
y conservar de esta forma tu halo,
tu luz, tu ritmo,
tu latir desenmascarado,
más allá del sentir
del solo contacto.
Y es que al rozar tu rostro
entendí por qué se me han dado.

V.M.G.M.

[suave]

Al salir de aquí,
elevaste el umbral hasta Venus
dándole la forma de tu silueta.
Tan alta era tu marcha
que topaste con el manto
haciendo que llovieran las estrellas.
Al umbral y al cielo,
que contigo avanzaban,
únicamente no siguieron
las lágrimas luminosas
y el olor a tierra mojada.
Éstas, gota a gota,
se fueron desprendiendo
precipitándose lejos de ti – abajo -
y estallando contra mar o tierra,
nada o suelo.
Tan alta marchabas, tan lejana ya,
que mis sentimientos parecían rozar
el fin del universo.

 

V.M.G.M.

Te miro y tus ojos,
como lagos transparentes, 
me invitan a zambullirme
en el brillo de sus fondos.
Lo hago, y al explotar
mis pupilas contra las tuyas
siento cómo dejo atrás todo:
palabras, números, formas,
ausencias, gestos, púrpuras.
Entonces, un remolino
me engulle y me empuja arriba
hacia tu interior. Allí, 
la belleza pierde su complejidad, 
su distancia, y parece tan tangible,
que me eleva aún más.
Me quedaría,
pero siempre se me devuelve
desde fuera la respiración,
las palabras, los números, las formas,
mi ausencia, tus gestos, mis púrpuras.
Y con los primeros
átomos de oxígeno,
con las primeras sombras,
se aparece ante mí 
la necesidad de describirlo;
pero palabras para esto,
o no existen,
o no las conozco,
o no me han sido devueltas.

 

V.M.G.M.

Verde

Despertar como tú cada mañana:
en armonía con cuanto te envuelve.
Cubierto de la helada escarcha,
frío, como el amanecer mismo,
apagado y vacío como el invierno,
desnudo y yermo como el entorno.
Y aceptarlo:
ahora no es momento de dar frutos.
Como tú, exánime árbol, despertar
y no tener hojas que dar al suelo,
ni que nutrir y colorear de verde.

 

Verde.
Como el color de la esperanza
que me invade al cerrar los ojos
a través mismo de ellos.
El verde de los ojos que me acechan
desde dentro, pidiéndome que florezca,
colorido como ellos y su propio interior,
donde otros ojos los observan.
Y así, iris a iris,
un manto de luz, brillo y verde
me arropa inversamente,
conteniendo la calidez del sino
lejos del gélido perderme.
Quisiera encontrarme ahí fuera:
en el árbol fallecido que mece
el viento desalentador y arisco.
Pero no puedo, los colores no me dejan.
Los míos o suyos, los tuyos,
¡de quién sean!
Los colores de mi vida
hacen del mundo primavera.

 

 

V.M.G.M.

En silencio.
En silencio te esperaría.
Blanca, sencilla, estable,
luminosa, eterna,
como una estrella – inmutable -
que surge en el cielo
cada noche cuando el día
cierra sus ojos inmensos.

 

En silencio, sin embargo, temo.
Temo esperarte quieto,
callado, permanente y observando,
y que, en cambio, seas tú
torbellino de vida, espasmo,
flujo trepidante de efímero paso.
Y que tu trayecto no invada
mi mirada inerte y acristalada,
perdido todo brillo por la espera.
O que mi ausencia de movimiento
haga que pase desapercibido
a tus fogosos sentidos,
chispeantes, puntuales, dispersos,
instantáneos, pero contínuos,
consecuentes, dirigidos.

 

En silencio.
En silencio te esperaría.
De ese verde turbio, compleja,
variante, inquieta, espuma
de las olas al quebrarse,
mas quebrarse de las olas
en espuma, fuerza y empuje,
causa, fin y acabarse
del frenesí del tiempo,
hecho trizas, pizcas
del vivir íntegro, completo,
por ese ir y venir tuyo
incesante e intenso;
del frenesí del espacio,
ocupado en algún añico
de este tiempo troceado
por tu paso alentador, esperanzado.

 

En silencio, sin embargo, temo.
Temo que – en mi rutinario estar,
permanecer unidireccional -
seas tú inmaculada y quieta,
pura gota de aceite,
en este embravecido mar,
que flota, única en sí misma.
Y que el azar y el batir
del mundo, salvajes ambos,
te lleven en las infinitas direcciones
en que no te esté esperando.

 

No debes tomar por locura
mi persecución a viva voz
por mantener el brillo de mis ojos
y la voz de mi vida viva.

 

 

 

[En silencio, para ti] [Shhhh...] 

 V. M. G. M.

AUN(阿吽)*

Cuando todo está en silencio, te recuerdo, te oigo, te veo. Abro los ojos. Estoy sola. Tú te fuiste para no volver. No sé si me echarás de menos. Yo nos echo mucho de menos. A ti. A mí. A los dos juntos. Cogidos de la mano mientras caminamos por el parque. En esos momentos parecía que ese hueco que tenemos al lado del corazón ya estaba lleno y el corazón podía dejar de estar en tensión, dándonos cierta serenidad de espíritu. En esos momentos, yo estaba llena. De alegría. De vida. De ti. Mi vida. ¿Recuerdas aquella metáfora que nos explicó el profesor de filosofía sobre el origen del amor? Sí, decía que al principio, una persona era un ente completo, perfecto. Pero entonces, por algo que no recuerdo, o Dios o algo de su naturaleza en las historias, lo partió en dos. Desde entonces, todos buscamos nuestra otra mitad. Cuando la encuentras, vuelves a la perfección. Te iluminas. Tú eras mi luz. Ahora eres mi hueco. Me gustaba más cuando eras mi ausencia de hueco. Ahora hay lugares de mí misma a los que no puedo acceder, pues en medio está el cráter que dejaste y rodearlo cuesta demasiado tiempo. Aunque siempre decido rodearlo. Pero me voy asustando. Es muy grande, muy profundo. Sé que nadie lo podrá llenar. Hace falta demasiada arena. Y la lluvia se almacena dentro, y lágrima a lágrima, va agrandando el agujero. No parece que vaya a ir a mejor. Cada vez me veo más sola. Más oscura por dentro. Más lejana de mí misma.

¿No hay nada que pueda hacer? No quiero derrumbarme por dentro. Estoy aquí sentada, al borde del abismo que supone el cráter. Me quito el camisón. Parece que desde fuera no me oyes, no me sientes. Me tiro al agua. Me tumbo y me dejo flotar. Nada. Meto la cabeza bajo el agua. Nada. No me dices nada. No estás, no vuelves. Sólo tengo de ti el abominable hueco. Me falta el aire. El nudo en el estómago se ha desplazado hasta la garganta. Salgo del agua y vuelvo a la orilla. Continúo caminando alrededor de tu imagen. El lugar al que me dirigía rodeándote es seco. Es mustio. Marchito. Antes no lo era. Era un manantial precioso. Pero al marcharte tú, sufrí. Lo sabes. Lo sé. Ardí. Y el agua se evaporó. Por eso ahora llueve. Pero no allí, sino sobre ti, sobre tu recuerdo. Quizás si devolviera parte del agua al manantial… ¿Cómo? Sólo dispongo de un triste cubo.

Albert, necesito vivirme, quererme. Necesito ese agua. Él la necesita. Está mustio. Marchito. Late. Pero cuando todo está en silencio, llueve. Sobre ti. Aunque a ti nada te llegue. Parece que inconscientemente creo que si te riego, volverás a nacer. Dentro de mí. Pero lo único que aquí crece es tu hueco. Ya lo decía mi madre: a los recuerdos no se les echa de comer, no les hace falta. Pero es que no quiero reducirte a un recuerdo. Tú eres un hueco. El hueco. Y fuiste su ausencia. Pero ahora… ahora sólo eres un recuerdo. El hueco soy yo. Mi ausencia. Y la lluvia no hace más que erosionarme. No. ¡Basta ! No me lo recuerdes. Sé que no estás. Pero yo sí que estoy. Y quiero seguir estando. Y que la lluvia caiga sobre el manantial. Y que el manantial riegue las flores, arbustos y árboles. Aquellos que sembramos juntos. Sí. Tienen que seguir allí. Y crecer. Quizás algún día siembre más. Amapolas. Tulipanes. Algún magnolio. Un sauce llorón. Pero los almendros y las gencianas son tuyos. Cada vez que venga, me haré un ramo y me lo regalaré en tu nombre. Tú ,tu recuerdo. No el hueco. El hueco soy yo. Es mi ausencia. Pero ahora me gusta pasarme las tardes nadando en él. Y tarde o temprano acabaré compartiéndolo con alguien. Pero entonces ya habrá dejado de ser mi ausencia, porque estoy impregnando las aguas de mí.

Cada vez me veo menos oscura por dentro. Más acompañada. Menos lejana de mí misma. Y no por esto estoy más lejana de ti. Tú sigues estando ahí. En tus almendros. En tus gencianas. Eres tú, tu recuerdo. Yo soy yo, mi vida. Y me vivo. Y me quiero. No te olvido. Pero no hay nudo. Y cuando todo está en silencio, te recuerdo, te oigo, te veo. Abro los ojos. Estoy conmigo misma. Y no me pienso ir.

*Aun(阿吽): palabra japonesa que designa comienzo y fin, inspiración y expiración.

// Gracias por descubrirme la palabra, Hèctor :)

V. M. G. M.

La vida perenne

 I

Más allá de los bosques,

de los montes y la mar;

más allá de la vida,

de tus ojos, quiero andar.

 

Paso a paso y sobre nada,

bajo nada – nada más -;

paso a paso y sin sentido,

firmemente caminar.

 

Rodeado por el vacío,

donde todo se cumple;

rodeado por el olvido,

sin saber lo que supe,

sin ver lo que miro,

sin estar donde estuve;

rodeado por mis brazos,

por mi aliento y desamparo,

por las luces que provienen

de este resurgir amargo;

rodeado de silencio,

oscuridad y frío,

de afán, valor y empeño,

de renacer, sentirme vivo;

rodeado de un todo innato,

de un ambiente en que no existo;

rodeado por mí mismo,

extiendo las alas y salto.

 

 

II

 

Mirar a mi alrededor.

Verlo todo vacío.

Sentir que se ha acabado.

Saber que aún respiro.

 

Quitar el tapón del desagüe

y dejar que las ideas fluyan.

Esperar sentado sobre el grifo

observando tanta creencia absurda.

 

Abrir la cremallera de mi pecho,

como si fuera una almohada.

Desperdigar los sentimientos por el aire

como si de plumas se tratara.

Ver los que se desploman rotundos

y los que no pesan nada.

Tener la certeza de que entre los primeros

no hay ninguno que valga.

Sonreír por ello, sentirme ligero.

Coger la cremallera y volver a cerrarla.

 

Mirar a mi alrededor.

Saberlo todo vacío.

Ver que lo anterior ha acabado.

Sentir que sigo vivo.

Escuchar la cadencia final

y confiar en que después venga un principio.

 

V. M. G. M.